Cuando la vida empieza a parecerse a un dolor de muelas

Dime que no lo has sentido.
Esa ligera molestia que aparece de repente en la boca.
Al principio es tan leve que se hace casi imperceptible.
Vas tirando con ella. Estás tan ocupada con todos los quehaceres que apenas notas esa sensación desagradable.

Pero de repente llega.
Un pinchazo, intenso, profundo.
Te paraliza, porque en ese momento sientes que se te parte la encía en dos del dolor.

Después del pinchazo llega la falsa calma.
Es solo el escenario previo antes del siguiente golpe.
Porque sí, ya ha llegado: el dolor se ha instalado y no se va a marchar.

De los pinchazos pasa a un dolor sordo y constante.
Si no lo has hecho en las primeras señales de alarma, lo harás ahora: correr al botiquín en busca de anestesia.
Cualquier cosa que consiga aliviarte esta desagradable sensación.

Y al principio lo conseguirás.
Te apuntarás un tanto en el marcador:
Noemí 1 – Dolor de muelas 0.

La sensación de triunfo te durará poco.
Unas 4 o 6 horas, con suerte.
Y volverá la molestia, cada vez más fuerte, como un coche sin frenos cuesta abajo.

Ahí empieza el juego:
Dolor, anestesia, calma.
Dolor, anestesia, calma.
Dolor… anestesia… calma…

Hasta que un día te preguntas:
¿por qué diablos no se me va este dichoso dolor de muelas?

Amiga, el dolor acaba de deshacer las maletas y ha terminado de instalarse en ti.
Game over.

Tuviste una victoria, pero el dolor ha ganado la partida.
Ha venido para quedarse.
Se ha hecho fuerte y ya no le valen tus anestesias de pacotilla.
Ahora lo sientes constante, sordo, impidiendo incluso dormir.
Varía en intensidad, pero no se va, por mucho que lo tapes.

Te has esforzado inútilmente intentando apagar el sufrimiento desde la superficie, sin haber llegado realmente al fondo…

Y así llegamos a cómo he sentido los últimos 15 años de mi vida:
como una batalla incesante contra un dolor sordo pero constante.
El dolor de vivir.

He dudado mucho sobre la primera entrada del blog.
Tengo tantas palabras aprisionadas en el alma deseosas de ver la luz, por fin,
que ha sido difícil elegir por dónde empezar.
Pero qué mejor que por aquí, por el principio, por mi historia.

La cual te invito a sentir como tuya, porque estoy convencida de que si estás aquí, nuestras historias no serán tan diferentes.

Dicen que son dos grandes fuerzas las que mueven el mundo:
el amor y el dolor.
Y que, casi siempre, nos movilizamos antes por evitar el dolor que por buscar el placer.

La huida de ese dolor suele ser el inicio de las mayores transformaciones.
Conozco muchas historias que empezaron con un gran punto de quiebre:
una enfermedad, una pérdida, un vacío imposible de ignorar.

En mi historia no hubo un punto de inflexión tan evidente.
Más bien, un dolor de muelas.
Un dolor sordo y constante, una insatisfacción vital que se fue cocinando a fuego lento
mientras yo me iba perdiendo a mí misma.

Y así, sin esperarlo, te acabo de destripar el final de la película:
el origen de esa insatisfacción no era otro que desconectarme de mí, levantar un muro entre quién era y cómo vivía.

El origen de ese dolor fue aferrarme tanto a las máscaras que me puse para sobrevivir,
que olvidé que eran máscaras.

Digamos que mi vida no fue un cuento de hadas.
Viví una infancia en la que me tocó sostener emociones que no me correspondían.
Perdí mi lugar seguro y me quedé bajo la tormenta, sin paraguas, calándome hasta los huesos.

En mi adolescencia la ropa se secó, pero lo que no sabía es que los huesos tardan un poco más.
La soledad fue mi mayor compañera,
y no porque no hubiera gente o ruido a mi alrededor,
sino porque así se sentía mi alma, a pesar de la compañía.

Nada más alcanzar la veintena, vislumbré un refugio con luces y flores preciosas en la entrada.
Entré sin dudarlo.
Y ya fue demasiado tarde —o eso creí— cuando vi que por dentro había goteras, telarañas y frío.
Mucho frío.

Tardé siete años en encontrar la salida,
pero más vale tarde que nunca, ¿no?
Además, no salí sola.
De cada una de mis manos caminaba un pedazo de mí.

Mi vida empezó a estabilizarse, a adoptar la forma que se suponía debía tener.
Las piezas del puzzle parecían encajar.
Pero entonces la vida dio un golpe en la mesa,
y todas las piezas salieron volando por los aires.

En realidad no pasó nada grave.
Fue justo lo contrario: la estabilidad.
El estar “bien”.

Tenía un trabajo fijo que no me llenaba el alma, pero sí los bolsillos.
Mi propia casa.
Había salido del refugio lleno de telarañas y estaba construyendo la familia que siempre había soñado.

Y aun así dolía levantarme de la cama.
Dolía empezar cada día.
Dolía la pérdida de sentido, de propósito.
Dolía dejarme llevar por el océano, como un corcho flotando a la deriva.
Dolía no tener un camino propio.
Pero dolía aún más no saber quién era.

La tormenta, la lluvia, el refugio, la angustia…
Todo se había traducido en eso: había perdido mi identidad.
Me había desconectado de mí,
como un cable que se suelta de la corriente.

Mi cuerpo vagaba por un lado, mi mente corría por otro,
y mi alma seguía anclada en ese día en que la lluvia caló los huesos.

Podría decirte que tuve un “darse cuenta” y supe encontrar la salida inmediatamente,
pero no, tampoco fue así.
Fue un proceso que también se cocinó a fuego lento.
Despacio y sin darme cuenta.

Primero aparecieron en mi vida mis grandes guías: los libros.
Siempre había sido una gran lectora,
pero cambié las novelas que entretenían mi mente por libros que susurraban directamente al centro de mi pecho.
Fueron cayendo, uno tras otro,
y poco a poco una ventana comenzó a dejar pasar rayos de sol.

Después, de la forma más inesperada y casual, el yoga irrumpió en mi vida.
Mi primer contacto me dejó fascinada, como si desprendiera magia.
Eliminó mi dolor físico.

Después de la primera vez, volví.
Y volví.
Y volví.

Y comprendí que el yoga no era solo movimiento. Era refugio.
Un espacio donde el ruido mental se apagaba lo suficiente como para poder escucharme.
Un instante en el que el peso del pecho se aligeraba.
Un silencio que no dolía, que no pesaba.
Un silencio que me abrazaba.

Un silencio que abría grietas dentro de mí…
pero por esas grietas comenzó a entrar la luz.

No fue rápido.
No fue fácil.
Pero poco a poco, el dolor dejó de doler y empezó a hablar.

Me habló de las partes de mí que había dejado abandonadas,
de la niña que aún temblaba bajo la tormenta,
de la mujer que había aprendido a ser fuerte a base de no sentir.

Y empecé a escuchar.
A habitarme.
A sostenerme.

A entender que la vida no se trata de llegar,
sino de recordar quién eres mientras caminas.

A través del yoga he cultivado autoescucha, autoconocimiento y presencia.
Mi alma, que antes se escondía, ha encontrado el valor de salir y florecer.
El yoga me recuerda quién soy cuando me olvido,
me ancla a mis valores, a mi centro, a lo que de verdad importa.

A través del yoga he encontrado el permiso para ser yo,
sin máscaras, sin exigencias.
Y desde que soy yo, el dolor de sobrevivir se ha disipado,
porque estoy aprendiendo a vivir.

No he llegado a ningún sitio.
Sigo caminando el camino: el de volver a mí.
A veces con calma, a veces con torpeza,
pero siempre con verdad.

Y si estás leyendo esto, quizá también tú estés cansada de sobrevivir.
Si es así, quiero que sepas algo:
no estás rota.
Solo desconectada.

Y aunque duela, ese dolor —como el de muelas— también intenta decirte algo.

Escúchalo.
No lo tapes.

Puede que justo ahí, en ese punto donde duele,
esté el camino de vuelta a casa.

Nos leemos pronto, con calma, pero sobre todo, con mucha alma…

Noemi Martínez


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